domingo, 8 de abril de 2012

Luis Figueroa Yabar en el recuerdo

Escribe Julio Antonio Gutiérrez Samanez
Hay personas que en vida parecen eternas, envejecen poco a poco, mantienen, pese al tiempo transcurrido, un entusiasmo juvenil que les otorga aire de eternidad; más aún, cuando se sabe que sus nombres están ligados a la historia de su tierra y que ya poseen, en ese Olimpo del pensamiento, un sitial, un espacio, una cripta o un pedestal con nombre propio. Yo creo que hombres así, no mueren nunca, su óbito es sólo un simple paso cualitativo de una etapa inferior a otra superior. Su muerte no es sino el paso a la eternidad.
Lucho nunca pensaba en morir, tenía tantos proyectos en camino que su muerte es nada más que un accidente lamentable, porque su espíritu aventurero, luchador, egolátrico, era realmente gigante. A su paso por este mundo tuvo una actuación privilegiada, fue uno de los fundadores del séptimo arte en el Perú y con sus obras fue reconocido en vida en los principales festivales de arte cinematográfico del mundo, en Europa y principalmente en Francia.
No me toca a mí como amigo hacer una biografía de este maestro, muchas biografías y datos biográficos hallará el lector en las propias web sides de Figueroa. Cuándo nació, quienes fueron sus padres, cuáles fueron sus principales obras, etc., etc.
Yo quiero recordarlo en la  amical afinidad en que vivimos como artistas, como militantes de una causa humana, que trascendía la vulgaridad y lo prosaico de los negocios y las aspiraciones crematísticas, nuestra amistad estaba basada en el respeto, la tolerancia y la admiración. Aun que no estuve muy cerca de él en los últimos años, cada encuentro en algún café o en las soleadas calles y plazas de nuestra tierra, se iniciaba con un gran abrazo y se prolongaban en largos diálogos de recuerdos y de planes entusiastas a ser realizados. Lucho tenía el don de la persistencia, sus objetivos se cumplían, con toda la gama de sueños y realidades con que los concebía.
No hace mucho, la Asociación de Cine Cusqueño, de José Huamán, Ramiro Moreira y otros jóvenes valores del nuevo cine, le tributaron un gran homenaje, junto con sus colegas: Jorge Vignati, Federico García, José Carlos Huayhuaca, César Vivanco. Nadie se hubiera imaginado que era el último homenaje, aunque más tarde, festejó jubiloso, junto con su hermana Judith,-la bella Kukuli de la película-, los cincuenta años del estreno de esa joya del séptimo arte peruano. Lucho sobrevivió a casi todos los realizadores de esa obra: Eulogio Nishiyama, César Villanueva, en la dirección compartida, cámaras y manejo técnico y el actor Víctor Chambi, el guionista Hernán Velarde (ya fallecidos). Quedan los sobrevivientes: Don Lizardo Pérez (el Ukuku que rapta a la doncella) y el maestro Armando Guevara Ochoa, autor de la banda sonora.
En el año de 1991, se llevó a efecto en el Cusco un Festival  Sud-americano de cine, y un reestreno de Kukuli. Como presidente del IAA me cupo gestionar ante el Municipio presidido por el Dr. Daniel Estrada, el otorgamiento de la medalla de la Ciudad, para Luis Figueroa Yábar y Eulogio Nishiyama. Ese día Lucho estaba feliz y lucía un terno de bayeta blanca y una camisa bordada por los Otavalos de Ecuador.
Gracias al concurso de Carlos Gutiérrez Vásquez y Adelma Benavente, publicamos el cuaderno del IAA titulado: “La Escuela Cusqueña de Cine”, con el auspicio del Municipio del Qosqo. Durante esa inolvidable excursión a Machupicchu, repartimos como volantes el librito a todos los participantes venidos del mundo entero. Un corolario de esa actividad fue la creación del Instituto Audiovisual Inca (Inavi), que duró algunos años y en el que activamos con Adelma y mi esposa Anita Enciso. Después falleció don Eulogio que era, además de un  gran fotógrafo y camarógrafo, un hombre con un exquisito y mordaz sentido del humor; nadie, ni el propio Lucho, escapaban a sus sátiras.
Por los años ochenta, en el café “Politeama” del médico Alcides Vargas, Lucho reunió a toda la intelectualidad con la finalidad de generar ideas cusqueñistas y colaborar con la gestión de Daniel Estrada, esa vez se conformó un alucinante grupo de visionarios y soñadores, al cual más geniales. Fue en ese ambiente que se me ocurrió escribir una novela de anticipación, cuyos capítulos premonitorios, aún inéditos, han sido ya realizados por las gestiones municipales o están a punto de ver la luz.
Al cumplir sus ochenta años, la artista Gabriela Cuba, de  “Apacheta” y un grupo de amigos, entre los que estaba invariablemente Númitor Hidalgo le hicieron un bello homenaje. Lucho me dijo allí que se sentía “como todo un muchacho” y que haría una gran edición con la obra fotográfica y artística de su padre, cosa que realizó. Recuerdo que con la Alianza Francesa hizo una exposición de la obra fotográfica de su progenitor el artista Juan Manuel Figueroa Aznar.
Pese a su edad, Lucho conservaba una tupida cabellera blanca, decía que se la lavaba con “huallhua” y “Jahuacollay”, eran sus secretos paucartambinos. En su departamento, conservaba una escultura en arcilla cruda hecha por su padre, hace sesenta años. También poseía un “Kharacho” o viejo álbum de recortes de periódico con temas, críticas y comentarios de arte, compilados por su padre. Al hojear los amarillentos folios que abarcaban todo un  siglo, encontré un artículo de mi padre, dedicado a este su amigo y colega cofundador del IAA. De ahí que nuestra amistad con Lucho venía desde muy lejos, desde una generación atrás.
La última vez que tomamos un café fue en el “Ayllu” de calle Almagro, le tomé dos fotos que las adjunto; lamento no haber guardado en mi memoria esa última conversación. Recuerdo que estuvimos con mi esposa Anita, yo le oía -sin escucharle-, sus sueños explicados con vehemencia y lujo de detalles. Era porque siempre estuve seguro de que este hombre viviría mucho; mucho más que sus 83 años, bien vividos y gozados; pues, en las fiestas bailaba y galanteaba como él solo. Decíamos, con respeto, que era el primer “brichero” del Cusco. De esos que ya no hay: con clase, con calidad, con elegancia, como todo un dandi.
Figueroa, en los más de treinta años que lo he tratado, no se enfermaba ni con gripe y apenas se había “secado” un poco con el tiempo.
Si algo le reproché cordialmente en vida fue, que siendo un gran maestro del cine, no dejara una escuela con jóvenes seguidores. No era su estilo, como en todo artista nimbado con el fuego interno de la genialidad, lo consumía un afán egolátrico y agonista; quizás así contrarrestaba su soledad.
Ahora que ya ha pasado por el umbral de la vida, como es costumbre ingrata en nuestra tierra, abundarán los reconocimientos, las loas, los ditirambos y mucha gente, por fin, sabrá que ese señor moreno de pelo blanco, de finos modales, que no faltaba en las exposiciones, que casi vivía en el Café “Extra”, que hablaba a perfección el francés y conversaba sobre los festival de Karlovi-Vary, Cannes, sobre las expresiones del historiador del cine George Sadoul acerca del cine cusqueño y que era un apasionado de la luz y del color, era el famoso cineasta: Luis Figueroa Yábar, cuya memoria pasará, como en una película, a la historia secular de esta tierra extraordinaria.
 Cusco, 21 de marzo 2012

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